Conductas sexuales de riesgo derivadas del uso de tecnologías


El acceso a la pornografía online trae consigo la normalización de prácticas de sexo en grupo y tendencias violentas. Esta distorsión de la realidad supone una problemática relacionada con conductas de riesgo como las que tratamos a continuación.


1. El consumo insano de porno

Utilizar el porno con un fin lúdico, de estimulación o excitación (solo o en pareja) no es negativo; el problema deriva del uso excesivo, a veces compulsivo, y del consumo de vídeos en streaming de contenido muy violento donde se visualizan prácticas de riesgo (nunca se verá un preservativo ni por asomo), de sexo grupal o de sexo anal, por ejemplo. El porno online se ha convertido en el nuevo “profesor”, sustituyendo a los medios de antes (tampoco precisamente buenos) como eran los amigos.

Por otro lado, la altísima estimulación sexual en edades tempranas a través de imágenes y fuera del mundo real implica que los jóvenes necesitan acudir a contenidos cada vez más fuertes y de forma cada vez más reiterada. Últimamente son habituales en consulta los adolescentes (y algunos no tan adolescentes) con problemas de excitación y erección desde muy jóvenes cuando están con pareja. Cuentan que no cumplen las expectativas de esos vídeos, ya sea por el aspecto físico (propio o de la pareja) o por el tipo de conductas que pueden/creen practicar (“No aguanto apenas nada», «Tengo problemas de erección», «No tengo apenas deseo sexual», «Soy anorgásmica porque veo a otras que se lo pasan mucho mejor que yo”).

2. El sexting

Algo mucho más frecuente y normalizado entre jóvenes es el sexting, que consiste en la creación y envío de textos, fotos o vídeos de contenido sexual. Esta conducta ya ocurre en la adolescencia desde los 12 años, tanto en ellos como en ellas. Sus consecuencias van desde que los receptores de dichos contenidos los divulguen entre otras personas, lo que puede derivar en ciberbullying, hasta el grooming online de menores (que sean contactados por adultos para mantener relaciones sexuales).

3. Las chemsex

Otra de las tendencias que ya empiezan en la adolescencia son las chemsex, fiestas en las que se consumen drogas sintéticas para luego mantener relaciones sexuales con multitud de parejas durante largo tiempo. Debido al efecto de los estupefacientes (como MDMA, anfetamina o ketamina por vía oral o incluso inyectada) y el alcohol, es posible que se lleven a cabo prácticas con más promiscuidad, como las ya citadas o el gangbang (relación de una persona con mínimo 3 personas de forma simultánea o por turnos). Las ITS, los embarazos no planificados, las agresiones y las situaciones de abuso sexual no consentido conscientemente van a darse a través de estas conductas con facilidad.


4. El muelle

Esta es una práctica sexual que consiste en que varios chicos se sitúan en círculo sin ropa interior para que, mientras mantienen la erección, las chicas se vayan sentando sobre ellos alternativamente cada 30 segundos forzando una penetración. El que primero eyacula, pierde. Aunque hay pocas evidencias de este tipo de comportamientos en nuestro país, es cierto que hay un aumento alarmante de enfermedades ITS en jóvenes y adolescentes, que se ha perdido el miedo a enfermedades como el SIDA y que no ha bajado el número de embarazos no planificados, lo que significa que la educación sexual a todos los niveles está fallando.

5. El cruising

Esta práctica consiste en tener relaciones sexuales con desconocidos a través de aplicaciones. Los encuentros se dan en lugares públicos como parques, playas o discotecas. De nuevo, el problema reside en la inmadurez para este tipo de conductas, además del riesgo que supone estar con personas no conocidas mayores que ellos.

6. El felching

El felching se define como la sustracción de semen de la vagina o del ano tras la eyaculación o de objetos como anillos o juguetes, una práctica con riesgos tanto físicos como psicológicos.

Sabiendo que nuestros hijos disponen de acceso a TICS, debemos responsabilizarnos de cómo las utilizan, del tiempo de uso y de supervisar los contenidos que consumen. Es necesario que sepamos que, en el caso de que sepamos que nuestros hijos están realizando alguna de las conductas anteriores o similares, habrá que tomarse tiempo para hablar con ellos, para explicarles los peligros a los que se exponen y, si hace falta, pedir ayuda a un psicólogo especializado en adolescencia.

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