Del camino del Cartero y una sabina centenaria.

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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Los caminos que envuelven y nos llevan hacia el pueblo de la Aldea de San Nicolás son realmente fascinantes. En esos recorridos, un sinfín de topónimos relacionados con la vida y la historia de los lugareños se entrecruzan mostrando una identidad particular de este alejado territorio. Amanecía en el Risco de Agaete, algunos lugareños y una pareja de guardas civiles nos acompañaban en este matutino momento del café en el bar de paso. En ese instante de disfrute, antes del pronunciado ascenso que daría inicio a nuestra ruta, hablábamos sobre el nombre de este singular recorrido “El camino del cartero”. Por momentos imaginamos su particular andadura transportando las misivas que recogidos en la estafeta de Agaete debía repartir en La Aldea, quizás en alguna pequeña tienda se proveyera de pan, higos y gofio, ¿quien sabe? El camino serpenteaba entre las escasas casas para vertiginosamente coger altura dejando atrás el pequeño pago. A nuestras espaldas, el risco de Faneque se exhibía con supronunciada altitud y la playa del Risco en la costa. Los primeros rayos de luz del amanecer encandilaban las montañas a mayor altitud de Tamadaba c o m e n z a n d o por Azaenegue, más conocida ahora como Altavista. Seguimos por un camino rectilíneo, casi vertical pero bien delimitado, por una serie de morros y crestas entre encuentros de impresionantes barrancos. No tardaríamos en visualizar desde la distancia entre varias depresiones el famoso humedal de EL Charco Azul. Hicimos un alto para contemplarlo y relacionar esta instantánea con otra ruta que habíamos hecho en el pasado, y que nos llevaría hasta el mismo morro del Faneque dejando atrás, el Barranco de los Pinos Dulces, el Pajar, el barranco de Juanjorro y otros tantos. Cogimos aire, y continuamos la marcha, mientras el amanecer acentuaba aún más su presencia en este aislado territorio. Las magarzas costeras, tabaibas y balillos luchaban por sobrevivir a la invasión del rabo de gato que parecía inundarlo todo. Poco a poco, remontamos el desnivel hasta adentrarnos en un pequeño bosque de repoblación de pino piñonero que desde hacía poco tiempo, compartía espacio con otras repoblaciones de pino canario y acebuches. Y así, después de un intenso ascenso, llegamos a la Finca de Tirma y la Casa de la Marquesa en busca de uno de los árboles singulares más conocidos de la isla, la centenaria “Sabina de Tirma”. Accedimos por un pequeño puente de madera y enseguida quedas obnubilado ante la inmensidad de sus robustas ramas, una de ellas apoyada en un muro hecho específicamente para sostener su peso y evitar la fractura de tan grueso ramaje. Bajo su sombra, estuvimos disertando sobre la longeva vida de este ser vivo, de cómo ha cambiado la isla y sus habitantes desde que crecieran las primeras hojas de este ejemplar. La de veces que habría pasado nuestro imaginado cartero bajo sus ramas… Después de reponer fuerzas, continuamos el camino acompañados por jarillas o jaguarzos, en su mayoría, junto con recientes poblaciones de sabinar, acebuchal y pinar canario. Tomamosel Andén de los Alemanes hasta la pista forestal de Tirma, dondeun agente del Consejo Insular de Aguas esperaba de forma curiosa y con ciertas ganas de entablar conversación. Nos contaría, entre otras cosas, que nos encontrábamos en la Hoya de Los Mocanes Negros del que,curiosamente, solo queda un ejemplar encaramado en lo alto de un risco. Seguimos la pista Forestal hasta llegaral Lomo de La Pimienta, donde destacaban las coloridas tierras producto de erupciones hidrotermales con colores verdosos, rojizos y amarillentos. Allí iniciaríamos el descenso hacia La Aldea tomando los Andenes de Fuente Blanca, dominios de un numeroso grupo de ganado guanil que nos observaba desde lejos a sabiendas de cuan inexpugnables y agrestes eran sus territorios para el andar humano. Los balidos se fueron quedando atrás y el descenso se hizo más pronunciado y monótono, sorteando antiguos terrenos agrícolas hoy abandonados, hasta llegar al barrio de Castañeta y su Calvario, tan solo a un kilómetro de la iglesia de La Aldea, donde nosotros, y el cartero, daríamos por concluida la jornada.

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