Caminando en la isla del Hierro. De Tamadus y la magia de un malpaís (Cap.1)

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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Aquella tarde, los modelos de predicción auguraban temperaturas algo por encima de lo normal al sur de Gran Canaria. El frescor del aire acondicionado del coche no nos dejaba sentir cuan cortos se habían quedado en las predicciones. Llegamos al Mirador de las Tederas, por una sinuosa carretera que lleva a Santa Lucía. Un calor intenso amedrentó nuestras caras al apearnos del vehículo. Señal inequívoca de que la aventura habría de ser postergada. En estas condiciones adversas debe imperar el sentido común. Pensar que la montaña no se va a mover y que siempre la podrás visitar mañana, aunque a decir verdad, en nuestro caso sería mucho, mucho tiempo después.

Dos años más tarde, aún teníamos el basto recuerdo del seco calor golpeando nuestros rostros. Esta vez, la climatología sí nos permitía afrontar la aventura. Habíamos decidido iniciar el recorrido junto al Observatorio Astronómico de Temisas en una zona conocida como los Llanos del Corral, encaminándonos hacia un complejo de escabrosas montañas que culminan en un formidable despeñadero de cientos de metros. En el inicio de este declive nos aguardaban las Cuevas del Gigante con un pórtico de entrada de lo más espectacular. Un fascinante escenario del mundo indígena precolonial escavado en la toba. Un lúgubre túnel y unos escalones sabiamente repartidos nos conducirían a la 

estancia principal que presentaba formidables vistas al barranco de Temisas, dominando gran parte del territorio. Las diferentes estancias y huecos que perforan la tierra dan la impresión de servir para guardar los alimentos. Allí permanecimos un buen rato deleitándonos con sus detalles. Una estrecha oquedad, parecía llevar a otra estancia, pero no nos atrevimos a reptar por ella, el tiempo apremiaba y aún quedaba mucho por recorrer. 

Retrocedimos hasta el observatorio y luego continuamos rumbo a Santa Lucía. Diferentes formaciones rocosas a modo de eras nos hacían imaginar un pasado pastoril bastante importante en la zona. Ascendíamos suavemente, sin mucha dificultad, pero de manera constante. Nos entreteníamos admirando la vegetación 

predominante, principalmente, 

cardoyescas, tajinastes blancos 

y bejeques rosados, junto con 

la compañía de las vinagreras 

y la hermosa floración de 

la manzanilla. Un alcaudón 

merodeaba en las cercanías 

entre el tendido eléctrico y la 

cadena de bancales del entorno 

como un esmerado alguacil. El radiante sol atenuado por una ligera brisa nos marcaba la exigencia del camino, que ahora, cambiaba su inclinación acercándonos a un pequeño barranquillo donde los escobones ganarían protagonismo.

Un poco más adelante, llegaríamos a nuestro siguiente punto de interés, la Cruz del Siglo. A principios del siglo XX fueron colocadas en las cimas más altas de las diferentes parroquias para dar la bienvenida al nuevo siglo, siguiendo las directrices marcadas por el Concilio Vaticano. El lugar era una atalaya natural que dejaba ver todo el valle de Santa Lucía, destacando sobremanera la blancura de su iglesia y la belleza, de este lado, de la inmensa Caldera de Tirajana.

Después de un pequeño refrigerio, iniciamos el descenso bordeando 

el risco, en un camino muy 

bien marcado que nos llevaría 

al último y gran objetivo de este 

pateo, La Cueva de la Luna. Un 

tubo volcánico que en mitad de 

la ladera invita a experimentar 

un poco de espeleología. Una 

cueva aparentemente sencilla 

de visitar, pero en la que hay 

que arrastrarse unos metros en una ancha gatera para descubrir una amplia cavidad que avanza casi medio centenar de metros hacia las entrañas de este risco. En estas profundidades, la luz de las frontales garabateaban sombras por las paredes entre el pequeño caos de bloque del interior de la sala, resultando verdaderamente espectacular.

Salimos de la cueva extasiados de la experiencia vivida, nos

desequipamos, guardamos

cascos y frontales, y nos

sacudimos el polvo de las

ropas. Unos pocos cientos

de metros más y llegaríamos 

al final de esta aventura en

el mirador de las Tederas, un

lugar ideal para observar y 

disfrutar de la belleza de este pueblo y su valioso palmeral

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