Caminando en la isla del Hierro. De Tamadus y la magia de un malpaís (Cap.1)

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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El avión acababa de tomar tierra en la minúscula pista de
aterrizaje que arranca junto al mar. Por fin, llegábamos a la isla de
El Hierro, donde teníamos programado realizar varios senderos
a lo largo del fin de semana. Recogimos con premura nuestros
bártulos y los volcamos en un minúsculo coche de alquiler al
parecer con “turbo”, según nos comentó orgulloso el empleado
del rent a car. Más pronto que tarde daba comienzo la primera
de nuestras aventuras en esta fantástica isla del meridiano.
Justo a la salida del aeropuerto, en la carretera que te acerca a
Valverde, se encuentra la primera población. El pintoresco poblado
de Tamaduste -“Charcos de agua salada” tras una derivación del
termino en lengua amazigh- nos esperaba en una tarde sumamente
agradable. Una espectacular ensenada ideal para el baño de las
familias y comunicada al mar por un estrecho canal. Nuestro objetivo
se perfilaba más allá, a las afueras del pueblo, donde existe un
paisaje más agreste y de no menos escasa vegetación. Un escenario
fruto de erupciones volcánicas recientes, geológicamente hablando.
Iniciamos nuestro periplo junto al mar, un sendero marcado por
las mismas piedras volcánicas del malpaís por el que serpentea
sinuosamente, adentrándose entre fluidos lávicos y lapillis. Sin duda
el paisaje resulta sobrecogedor incluso, por momentos, nuestra
mente viajaba miles de años atrás, cuando las bocas de los cráteres
de los alrededores escupían todo tipo de materiales, y cómo estos
descendían y se enfriaban abruptamente en contacto con el mar.
Este perfil costero se dibuja a modo de acantilados elevados,
con formas geométricas y colores oscuros que contrastan con la
blancura de la espuma del mar al romper el oleaje contra ellos. La
vegetación se abre paso como puede y lentamente en pequeñas
comunidades, siendo las tabaibas y las vinagreras las que dan
cobijo a otras plantas de menor porte en una simbiosis perfecta.
Guiados por el sendero llegamos a un recodo del camino que hacía las
veces de mirador del gran Roque de las Gaviotas, que separado del cantil
se yergue imponente como un gran coloso a pocos metros de la costa,
siempre coronado por el griterío de las mentadas aves en su cúspide.
A cada paso, parábamos para observar alguna roca con
características o morfologías singulares o alguna grieta que se
insertaba profundamente en la colada y que avanzaba impertérrita
hacia el mar o grandes bloques pirocásticos que albergaban curiosas
cavidades características de coladas muy gaseosas y densas. Y así,
poco a poco, nos alejamos brevemente de la costa, adentrándonos
en el malpaís y acercándonos a las bases de los edificios volcánicos.
Pero solo por un instante, ya que no tardó el camino en acercarnos
a la Playita de los Puentes donde da a su fin el sendero. Pero antes,
pudimos disfrutar de las peripecias que un solitario surfista realizaba

sobre las formidables olas que morían en los callaos de la playa.
El camino de vuelta lo realizamos de una manera más ligera,
dado que la oscuridad avanzaba rauda, parecía tener prisa
por dar a fin al día en que empezaba nuestra aventura en la
Isla del Meridiano, y que en las últimas horas de la noche nos
depararía una grata sorpresa, pues timples, guitarras y cantos
nos embutirían de lleno en la vida y la idiosincrasia del pueblo
bimbache. Pero esa es otra historia que quizás algún día contemos...

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