De las Cuevas del Caballero y un Montañón Negro

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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Un prometedor amanecer con un sol radiante se postulaba como estandarte en esta intrigante ruta que se abría ante nosotros. A lo lejos, un impresionante pico del Teide dominaba el horizonte con un manto blanco producto de la última y potente borrasca. Sin embargo, en nuestra isla, la perturbación atmosférica se había manifestado en forma de grandes aguaceros que llenarían presas y colmarían de verdor esta parte del territorio insular. Los insipientes brotes herbáceos y la prematura floración conformarían una maravillosa alfombra multicolor para deleite de la cabaña ovina que pulula por estos Altos de Fontanales. De las Cuevas del Caballero y un Montañón Negro. En este maravilloso lugar, las aguas, la agricultura y el pastoreo conviven en un reparto común. Codesos, escobones y retamas dominarían principalmente el sotobosque que envolverían nuestros primeros pasos por la Hoya de la Atalaya. Pronto, iniciaríamos un ascenso continuado por la hermosa Cañada de la Vieja, abrazada por un pinar de repoblación muy bien asentado y programado para retener las aguas de una lluvia horizontal que surge de los vientos alisios que imperan con fuerza en estas altitudes que asoman al norte. El camino, casi rectilíneo, era acompañado por una hilera de piedras a modo de vallado que llaman raya delimitando los territorios de uno u otro propietario, y que antaño fuera motivo de grandes disputas entre los terratenientes de la zona. A medida que ascendíamos, un sendero se separaba de esta pedregosa linde y empezaba a serpentear por el pinar entre cuyos troncos asomaban grupos de setas que presentaban unos tonos marrones suaves a modo de jugosos cruasanes. También, pequeñas familias de setas en forma de paragüitas blancos abiertos enriquecerían esta parte del camino para deleite de nuestras cámaras que intentarían captar cada uno de sus íntimos detalles. Desde allí, el ascenso se haría por momentos mas pronunciado aún, ayudado a veces, por tablones que hacían las veces de escalones. Siguiendo este sendero perfectamente marcado, nos aproximamos al Monumento Natural del Montañón Negro, testigo de uno de los últimos episodios eruptivos de la isla. El lugar merecía una parada, una pausa en nuestro andar para disfrutar de una verdadera exhibición paisajista. Una cúspide de negro picón destacando entre el azul de la despejada bóveda celeste y el verdor del pinar y los herbazales que lo rodeaban. Volvimos a introducirnos en el pinar, acometiendo la zona de Los Moriscos con dirección a Risco Chapí y las excepcionales vistas de la abrupta Caldera de Tejeda. Una pista de tierra nos invitaba a seguir su sino, hasta que nos desviamos de ella por un saliente casi oculto entre grandes rocas, describiendo un encuentro perfecto de lo que debía ser un lugar excepcional.Cruzamos esta imaginaria puerta y se abrió ante nosotros una espectacular vista al Roque Bentayga y toda su sierra. Tras sobreponernos a tal belleza, empezamos a inspeccionar el lugar en el que nos encontrábamos. Por la cara mirando hacia la profundidad de la caldera, se situaban una serie de grandes cuevas horadadas entre estos grandes montículos. En el interior de alguna de ellas pudimos vislumbrar alguna que otra pared impregnadas con formas de triángulos invertidos perfectamente visibles. Representaciones púbicas dicen los expertos que son, para nosotros, sin embargo, sin llegar a entender en su plenitud su significado, no había duda que estas Cuevas del Caballero tenían que tener un significado importante entre los antiguos habitantes de esta tierra. Entre su rocosa orografía descubrimos una cara esculpida que destacaba claramente, una representación nunca vista en otros yacimientos lo que nos dejó atónitos. Días más tarde, pudimos informarnos que fue labrada por un asceta que habitó el lugar en los años sesenta y que dejó su artística impronta en el lugar. Luego de abandonar este espacio colmado de belleza, nos encauzamos por un desdibujado barranquillo atrincherado con un espeso pinar junto con cerrajones de cumbres y jaras para luego seguir arropado por un aderezo de vegetación más arbustiva dominada por escobones, salvias y vinagreras. Atravesaríamos seguidamente el núcleo poblacional de Juncalillo y más adelante aún el Lomo del Galeote desde donde comenzábamos a visualizar nuevamente la magia que envuelve el amplio territorio de Fontanales. Sin duda, en esta aventura había una comunión entre lo antiguo y lo moderno, entre lo rural y lo urbano, entre lo místico y lo cotidiano.

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