#sigueelsendero La pasada de la Piedra. El Faneque vs2

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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A menudo, en los meses que siguieron a nuestra primera aventura, mientras recorríamos un sinfín de caminos, surgía la conversación sobre el siempre sobrecogedor macizo del Faneque que se exhibe con fuerza en las costas que miran al Noroeste. Por aquel entonces, habíamos afrontado una parte de su orografía concentrada en los dos primeros morros que lo delimitan. Llegaba el momento de acometer el último eslabón, el más expuesto. Partiendo de la idea que un año atrás no sabíamos prácticamente nada de lo que acontecía con respecto a este enclave, el transcurrir continuo de nuestros pasos, las ganas, ilusión e ímpetu por cada camino recorrido, nos había brindado la oportunidad de conocer con mayor profundidad la esencia y la magia que envuelve el Parque Natural de Tamadaba. Encarar ahora, la Pasada de la Piedra hasta llegar al lado más extremo de uno de los acantilados costeros de mayor altitud del mundo, se proyectaba, en aquel instante, como un apasionante reto. 

Partimos, desde la Casa Forestal ubicada en el núcleo de un hermoso pinar húmedo de barlovento en un día bastante despejado. El camino nos llevó hasta la Cueva del Zapatero y nos adentramos en ella. Nos pareció llamativo, la presencia de un cepillo de barrer en la entrada, como si aún estuviera habitada. En su techo un sinfín de palabras y nombres pintarrajeados por muchos que quisieron dejar su impronta en la blancura de su bóveda. Salimos y empezamos a describir un descenso continuo y progresivo durante varios kilómetros atravesando el pinar, acompañado por jaras y retamales típicos de estas altitudes y a los lejos, el inconfundible golpeteo de un picapinos. 

En un claro, nos detuvimos a observar la Finca de Tirma que se postulaba a nuestra izquierda; a la derecha, a lo lejos, un atisbo del Puerto de las Nieves y más a la derecha aún; un exuberante Pico de la Atalaya que se enfrascaba en arrinconar el mar de nubes. No tardaría este último en claudicar y dejar paso a un aglomerado cúmulo empujado por los vientos alisios cargados de humedad que enfilaban hacia nuestra posición. 

Paramos por unos instantes en un morro muy saliente donde se encuentra un hito, testigo humano de aquel lugar, situado a conciencia o no, en un mirador natural con una panorámica maravillosa. Un poco mas adelante, el sendero nos encauzó por una pequeña degollada muy expuesta con grandes desniveles a ambos lados del desdibujado camino. Al otro lado, debíamos trepar por una pequeña pared rocosa hasta la cima del siguiente saliente. En adelante, la brisa se percibiría con más fuerza, fenómeno habitual por estos lares, pues los pinos anclados a la roca están pelados en sus copas por la cara que se expone hacia el Barranco Oscuro. Por fin, llegábamos al inicio del descenso para llegar a la montaña solitaria, el acantilado aguardaba.

 

He de contarte que la emoción por el momento, no debía llevarnos a la confianza y la merma en las condiciones de seguridad. Fue menester equiparnos para aquel día con elementos de escalada para afianzarnos al cable que recorre la maltrecha vereda que serpentea el acantilado. 

Iniciamos el descenso paso a paso de forma meticulosa y ordenada. Nervios e ilusión se entremezclaban en una muy interesante sensación. Un macho cabrío se hizo notar un poco más abajo con su vigoroso balido que retumbaba en las escabrosas paredes; y por momentos parecía que había venido a interesarse por nosotros, desapareciendo con una inusitada destreza por los mismos filos del abismo. Ahora sí, el mar de nubes nos alcanzaría y la neblina mostraba a ratos, en las profundidades avisales la Playa de Guayedra. 

Pasado un recodo del colgado camino, afloró una gran piedra, cual si fuera una flecha indicando el final del peligroso tramo, y hacia ella debíamos encaminar nuestros pasos. Rápidamente, fuimos cogiendo soltura con la rutina de los cabos de anclaje, hasta que casi, sin darnos cuenta, sobrepasamos la vereda más estrecha y a la vez más expuesta, la Pasada de la Piedra. Y con ello, accedimos a los límites de la montaña, risco y acantilado del Faneque. El Palmar, Tirma, la Cola del Dragón y la Punta de las Arenas exhibían con fuerza formidables siluetas de nuestra particular geología insular. Atravesamos un enjambre de bloques fracturados como si hubieran sido cortados con el mejor de los cinceles, grietas que escudriñamos con asombro. Por fin, llegamos a la cima del Faneque a 1.027 metros de altitud. Un lugar de hermosas e impresionantes vistas que contemplamos durante largo rato hasta que el mar de nubes con impronta decisión decidió sepultar este maravilloso lienzo visual. 

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