#sigueelsendero

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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La estación veraniega permitía alargar las tardes robándole tiempo incluso a la noche. Una oportunidad para acercarnos a la costa que mira más al norte en esta isla mágica de Gran Canaria. El frescor del alisio nos acompañaría en un camino que comenzaría en Los Nateros de Guía, recorrería los acantilados de los Mármoles, se adentraría en las profundidades del barranco del Río y seguiría recorriendo la costa hasta la Punta del Guanarteme. Adentrándonos en la Punta del Guanarteme. Como te decía, Los Nateros fue nuestro punto de partida, no muy lejos de allí se encuentra un enclave de alto valor arqueológico, El Tagoror del Gallego. Lugar que dejaríamos apuntado en nuestro particular cuaderno de bitácora para una futura visita. Centrados en nuestro objetivo, la costa, nos dirigimos por un camino que discurría entre bancales abandonados a su suerte con muros casi derruidos que denostaban una pretérita y acaudalada agricultura. El barranco había sido colmatado de tierras y escombros procedentes de las obras de construcción de la autopista, disfrazando tal impacto con alguna reforestación que a duras penas consigue escapar a la falta de riego. Le seguía alguna que otra gran parcela en producción con cultivos de bajo porte, lechugas, coliflores, zanahorias y otras verduras. Poco a poco, nos fuimos acercando hacia el pronunciado y abrupto acantilado de Los Mármoles, un verdadero espectáculo geológico pudiendo disfrutar de las hermosas vistas de este vertical corte que termina en el bravío mar del norte, que con su incesante batir, hace mella poco a poco en la dura roca. Tras pasar cerca de la Cueva de Las Palomas, afrontariamos el descenso hacia el cauce y desembocadura del Barranco del Río por un desdibujado camino de alguien o algunos que en su día optaron por afrontar el descenso por esta cara. El paisaje volcánico brindaba en adelante una gran variedad de formas labradas por la erosión, cortes profundos y salientes, concavidades propias de magmas densos y gaseosos, diferentes coladas con distintas y coloridas tonalidades. Disfrutando de esta belleza geológica asomamos a la primera de las presas de este lugar tan singular, con su vaso a plena capacidad. Atravesamos el estrecho muro que la configura para entrar en un habitáculo que alberga una extinta sala de artilugios para impulsar las aguas almacenadas. Máquinas pretéritas, oxidadas, desgastadas por el uso y con la evidente falta de piezas. Todo un lujo para aquellos que disfrutamos de estas pequeñas maravillas de la arqueología industrial. Continuamos nuestro periplo hacia el lecho, bordeando pequeños pilancones adornados con vigorosos juncos en un paisaje completamente escabroso. Dejamos atrás el muro de una segunda presa, aún más pequeña, hasta desembocar en el Charcón del Río. Una hermosa cala jalonada con infinidad de oquedades y formas de un vulcanismo más reciente que con esmero reducen el ímpetu de las olas e invitan a disfrutar del baño. Ahora, acometíamos la subida por un sendero bien delimitado y marcado, testigo de la asiduidad en su tránsito de los que visitan este paraje. Bordeando siempre esta serie de acantilados llegamos a la finca de la Mareta que atravesamos entre invernaderos hasta llegar al Paso del Palo. Más adelante, observamos desde la imponente altura, como se había gestado una curiosa rasa marina, fruto del golpe continuo de las corrientes al pie del acantilado. En ella, un señor recogía la sal, que de forma natural se acumula en las pequeñas charcas. Siguiendo la orografía de este litoral, descendimos hasta un conjunto de casas embutidas en la desembocadura del barranquillo Moreno. Tenían un aire eminentemente costero, con casas de vivos colores y adornos de índole pesquero. Un lugar de gran belleza bajo la sombra del Pico de la Atalaya. Acto seguido, continuamos por el Agujero del Puerto Nuevo, antiguo lugar de desembarco de las falúas de los pescadores de la zona. Por último, el malpaís de la Punta del Guanarteme que pondría fin a esta aventura costera, y desde donde vislumbramos la que sería nuestra próxima aventura. No sin antes retroceder unos cientos de metros para visitar Roque Prieto y sus concurridas piscinas naturales, donde una impactante capa de almagre tiñe de rojo este enclave. No pudimos, ni quisimos, escapar a la llamada de sus cristalinas y refrescantes aguas, disfrutando de un merecido chapuzón en esta calurosa y ya avanzada tarde de verano.

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