#sigueelsendero

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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El sol empezaba a asomar en el horizonte que mira hacia Fuerteventura. Las primeras luces iluminaban el muelle de la Playa del Burrero. Mientras tanto, caminamos por el paseo, luego por la arena, y posteriormente nos encaramamos a unas formaciones rocosas que se adentran en el mar. Desde su pequeña altura dejando a un lado precintadas baterías de otros tiempos, observamos la bahía de Gando al norte. En esta ocasión nuestro itinerario nos llevaría hacia el sur con la pretensión de recorrer el litoral hasta un hermoso faro que se vislumbra más allá de la Punta de la Sal. 

Una pronunciada bajamar nos brindaría la posibilidad de acercarnos a un territorio que en cierta medida acostumbra a escapar a nuestros ojos bajo el rompiente incesante de las olas. 

Litorales de Cal y Sal. 

El antiguo enclave arqueológico del Burrero y sus casas cruciformes serían el punto de partida a esta apasionante aventura. En nuestros primeros pasos, nos acompañaría la música que genera el mar al batir contra los cantos rodados de la playa. Esta particular percusión sería acompañada por el zumbido de las aspas de los grandes aerogeneradores que giran empujados por los fuertes y continuos vientos que azotan esta parte de la geografía insular. La vegetación potencial de tarajales y ahulagas daban paso a una hermosa barrera artificial de pino marino que lentamente nos encauzaría hacia un hermoso enclave de gran valor etnográfico. 

Las Salinas de Bocacangrejo serían las primeras que visitaríamos en este apasionante camino, semiescondidas entre la desembocadura del barranco de Guayadeque y la playa de Vargas. Unas salinas de barro que afortunadamente mantienen su configuración inicial de finales siglo XIX y que resultan un espectáculo para la vista. Seguidamente, sin abandonar esta linea del litoral nos situábamos junto a las Salinas de la Florida con una tipología similar a las anteriores. 

Después de esta visita, apuramos lo que pudimos por la parte baja de la Montaña de la Cerca, donde las laderas se transforman en pronunciados acantilados en busca de un impresionante y escondido arco natural pétreo que une la tierra al mar desde tiempos inmemoriales. 

Garrapateamos por un pequeño barranquillo, ascendiendo hasta la cima y desde allí, encaminamos nuestros pasos hacia la Playa de Vargas. Pequeños charcones colmatados de vida se resguardaban un poco mas atrás, entre carteles que muestran el potencial de esta Zona de Especial 

Conservación de la Punta de la Sal, hasta alcanzar una pequeña playa de arena con un curioso topónimo “Los Tres Peos”. En adelante, nuestro camino se tornaría más trepidante, adentrándonos entre escorias volcánicas y areniscas combinadas con un diseminado caliche, motivo principal, de la presencia de múltiples hornos de cal que se dispersan por la zona y todo este mural bajo la mirada incesante de la Montaña de Arinaga. El escenario natural de esta área verdaderamente resulta formidable. Los agentes erosivos se han conjurado para crear figuras y formas naturales de gran belleza visual, destacando una ventana pétrea natural. Con el encuadre adecuado, deja ver en su interior el hermoso Faro de Arinaga al cual nos dirigimos, no sin antes, dejar atrás la Playa del Cabrón, paraíso de submarinistas. Rodeamos el faro que tiempo atrás ingeniara el célebre León y Castillo, para descender hacia el “Muelle Viejo”. A sus pies reza un cartel “La tierra que observas ha saciado el hambre, nos ha dado la sal para conservar los alimentos y cal para construir nuestros hogares”. 

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