#sigueelsendero

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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La historia pesa en cada uno de sus rincones, aquellos asentamientos de los indígenas canarios, el posterior fuerte del Real de Las Palmas y Van der Does, luego vinieron los asentamientos agrícolas, los molinos y el olor a harinas, y por último, el olvido y una losa que tapó su cauce destruyendo lo que siglos atrás, fue un vergel de miles de palmeras y un caudaloso río. 

El Río Guiniguada. El comienzo de la historia. 

Aquella tarde, iniciamos el recorrido atravesando el sueño de Sventenius, El Jardín Botánico Viera y Clavijo, guardián de la vegetación de esta hermosa isla. Un pedazo de tierra, que atesora todos los pisos de vegetación, de costa a cumbre. Y todos ellos recorrimos, analizando cada uno de los árboles, arbustos y flores, tratando de retener sus particulares características. 

Tras despedirnos de Tami, la nueva mascota de este Jardín Canario, nos adentramos por la pista de tierra del Maipés. El camino transcurría entre elevados bloques piroclásticos que se desparramaban por el camino. Hace tiempo leí que pertenecían al cráter de un volcán que había despertado barranco arriba y que flotando en un mar de lava incandescente habían sido depositados a medida que la lava se enfriaba. 

Sorteamos varias haciendas dedicadas a la agricultura, a excepción de una, cuyos perfumes delataban su industria claramente ganadera. En un recodo del camino, se habían colocado unos bancos de madera donde descansar y poder observar el gran corte en la pared, que detallan claramente, las diferentes y sucesivas coladas que muestran el agitado pasado geológico. Un poco más abajo, palmeras y acebuches, del otrora extenso bosque termófilo, unen fuerzas para luchar contra el avance de las invasoras piteras. 

En adelante, nuestros ojos se alzarían al cielo, una pareja de aguilillas revoloteaban alrededor de una enorme palmera, custodiando su nido. A cierta distancia, un cernícalo aprovechaba las corrientes de aire para alzarse, vigilante ante cualquier posible presa. Abajo, entre las piedras de los bancales, unos enormes ejemplares de lagarto se calentaban al sol, aparentemente distraídos, pero que ante cualquier movimiento, se escabullían raudos a sus escondrijos. 

A mitad de camino, un colosal puente permite el ir y ve-nir de coches a alta velocidad, entorpeciendo la, hasta ahora, tranquila paz que nos acompañaba. En una de las paredes del barranco, junto al pilar sur de este viaducto, cuelgan cue-vas excavadas en la roca, testimonio de un pasado indígena. Quedaba por recorrer la zona más antropizada, más cercana a la urbe. Viejas y derruidas construcciones, mostraban el pa-sado harinero del lugar, y que según dicen, da nombre al fi-nal del trayecto, el Pambaso, derivación del castellano más antiguo, “pan baxo”. Los molinos se jalonan en los laterales del barranco, siguiendo el curso de las acequias que condu-cían las aguas que se captaban de las distintas heredades y cuya fuerza motora daba giro a las piedras de molienda. Dábamos nuestros últimos pasos en este sendero, abando-nándolo junto al camino que lleva a los Riscos de San Nicolás. 

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