#sigueelsendero

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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Aquella mañana madrugamos lo que pudimos, aprovechando la oscuridad para tomar esta kilométrica carretera plagada de curvas que bordea las tres grandes presas que miran hacia el Oeste. Comenzaban a despuntar los primeros rayos de sol en este hermoso pueblo de la Aldea, acometiendo los primeros pasos en esta zona de Los Molinos. 

Del barranco de Pino Gordo y la Tormenta Perfecta. 

Una pista de tierra algo abandonada nos guiaba dejando atrás, alguna que otra vivienda entremezclada entre el mundo rural y el urbano. Iniciamos un prolongado ascenso por esta parte de la ladera, fruto de derrubios provenientes de morros e innumerables solapones que descansaban más arriba, modelando la orografía de este abrupto paisaje. Pronto llegaríamos a las proximidades de la Cueva del Mediodía, que dadas sus notables dimensiones, supusimos que podría albergar algún vestigio prehispánico. Decidimos repartirnos, unos intentando lo que fue un frustrado acceso, y por otra lado, nuestro amigo Cristo a la espera en el camino. Debo decirte que en el transcurso, se cruzó con unos corredores locales, que le lanzarían una extraña advertencia “Cuidado con las bestias”. 

Proseguimos la marcha, comentando aquellas curiosas palabras. Mientras tanto, a lo lejos, un gran manto de nubes grises impregnadas de oscuridad se alzaban a nuestras espaldas, embistiendo con dureza el macizo de Tamadaba, sin amedrantarse, señal de que no faltaría mucho para la tormenta perfecta. 

Hicimos un alto para equiparnos con las prendas de agua con cierta premura, y en nada, los primeros goterones cayeron con fuerza. Encontramos una pequeña oquedad, con apenas espacio para albergarnos a todos. Sin embargo, el tiempo no parecía que quisiera darnos tregua y decidimos proseguir bajo la pertinaz lluvia en busca de un nuevo refugio más cómodo, más amplio y más seco. Una casa abandonada, que en otras circunstancias hubiésemos escudriñado con detenimiento, nos serviría de refugio y punto de parada para aligerar las aguas impregnadas en nuestras prendas. Tiempo después, la lluvia cesaría y un manto blanco de niebla envolvería este alejado territorio y también esta curiosa vivienda allá por la Casilla de los Peñones. 

Continuamos por el empapado sendero bajo una fina llovizna que impregnaba de un aroma diferente la zona. Paulatinamente el pinar iba ganando en número, el piso de vegetación iba cambiando, señal inequívoca de que habíamos ascendido muchos metros camino de las antiguas casas del Cortijo de Inagua. La estampa que encontramos nos dejó atónitos, llanuras de verde e intenso césped alrededor de antiguas viviendas, unas con techumbres intactas y otras descubiertas, sólo coronadas por el esqueleto de vigas que sustentaron las tejas canarias que antaño cubrieran sus techos. Las lluvias de este mágico día enfatizaban la belleza de cada uno de estos elementos. Iniciamos el descenso por el barranco de Pino Gordo, cambiando nuevamente la vegetación, tabaibas, palmeras, almendros y algún que otro acebiño encuadrado más en el cauce. El camino nos acercaría hasta el Caidero de las Casillas, una espectacular pared por la que bajaba un hilo continuo de agua. Lo que más llamó nuestra atención y que originaría un improvisado debate, eran los grandes troncos que asomaban en el interior de las cuevas expuestas en alturas bordeando tan llamativo caidero. A mi cabeza llegaron las historias de las crónicas, que hablan de los antiguos canarios y la destreza con que subían grandes troncos y los colocaban en inaccesibles cuevas, con el único fin de demostrar su fuerza y su gallardía. Más abajo, encontramos uno de esos solapones que con gran habilidad fueron utilizados para construir refugios para los pastores de la zona, piedra sobre piedra colocadas con extraordinaria exactitud, formando rectilíneos muros que desafían al tiempo. Pero fue llegando a las Casas de Pino Gordo, cuando aquellas palabras de los corredores tomaron forma y sentido. Unos burros semisalvajes aparecieron avanzando a toda prisa hacia nosotros, apresurados huimos hacia el cañaveral del fondo del barranco, esperanzados de que frenaran su impetuoso galopar. El cansancio de los kilómetros recorridos, de los litros y litros de agua descargados sobre nosotros desapareció, ni siquiera el irregular firme nos impidió correr para salvaguardar nuestra integridad. Nuestro alocado plan funcionó y el muro de cañas hizo desistir a los borricos de seguir persiguiéndonos, para nuestro alivio. Continuamos la marcha, con inquietud, mirando siempre hacia atrás, vigilantes de los movimientos de los équidos, sólo respiramos cuando nos subimos al muro del canal de agua de Parralillo, que nos condujo hasta un túnel que debido a la profundidad del agua que transportaba, desistimos cruzar, bordeándolo por el senderillo que lo circunda por el exterior. El cansancio se apoderó de nosotros, y los últimos kilómetros se hicieron más pesados, caminando en silencio. Sin duda, una de las aventuras más intensas de cuantas hemos vivido y que difícilmente podremos olvidar.

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