#sigueelsendero

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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Amanecía con un sol centelleante a lo largo del barranco de las Tirajanas, los primeros rayos de sol del día iluminaban con suma belleza el impresionante Macizo de Amurga. Delante de nosotros, en este Mirador del Guriete, tres siluetas, elevadas a un nivel inferior, desafiaban al resto de la geografía del entorno, la Grande, la Chica y Titana. Lugares cargados de historias de los antiguos hombres y de momentos que serían desencadenantes de nuestra propia evolución. O eso, nos habían contado hasta épocas más recientes. 

Senderos de Conquista. La Fortaleza, el último asedio. 

La frescura de las primeras horas de la mañana nos acompañaba en estos primeros pasos. Las cabras de la ganadería del lugar, nos vigilaban ensimismadas, observándonos con curiosidad mientras abordábamos el descenso. Pronto alcanzaríamos los salientes de este Lomo del Guriete y tras ojear lo accidentado del terreno, las impresionantes alturas, la vegetación rupícola que acompañaban a las omnipresentes tabaibas y más abajo un hermoso palmeral con grandes palmas, proseguimos nuestro andar embutiéndonos en una estrecha cañada, ciertamente desdibujada, que nos llevó hasta un pequeño alpendre y una vivienda construidas en piedra seca y desgraciadamente olvidados a sus suerte. 

Continuamos por un pequeño andén sin llegar aún al cauce de este barranco de las Tirajanas, lo haríamos más adelante tras examinar con asombro enormes paredones que presentaban grandes disyunciones verticales, como inmensas columnas alineadas compartiendo su destino. Tras sortear un pequeño y hermoso palmeral, éste algo más seco, nos situábamos en las profundidades de esta radial, un camino amplio y pedregoso, donde los balos y el cardonal tabaibal se diseminaban por el entorno. Desde aquí, la Fortaleza Grande parecía que se elevara hasta los mismos cielos, su porte en sí, era impactante. Estábamos más cerca... 

Ascendimos por una carretera de tierra marcada por algunas escorrentía de antiguas lluvias. Superamos un pozo cuyas blancas paredes se alzaban en una de las curvas del camino que seguía ascendiendo, elevándose desde el cauce del barranco. Y de repente, estábamos en medio de las tres fortalezas. Nos mantuvimos un tiempo en silencio admirando, no sólo la belleza de aquel lugar, sino la carga histórica que soportaban aquellos impresionantes riscos. No tardamos en afrontar la cara principal de la Fortaleza Grande y la gran oquedad que la atraviesa. Un lugar donde se entrecruzan datos históricos, teorías, estudios, ensayos y publicaciones, donde lo científico se une a la leyenda. Recorrimos aquel enclave, observando con detenimiento las agrupaciones de piedra que conforman las casas de los antiguos, cerca de la entrada de la cueva que luego, atravesaríamos en silencio, con respeto y admiración, a sabiendas de que entrábamos en un lugar sagrado. David nos reunió a la salida de la cueva, por el lado que da al risco, y nos contó la historia de Bentejuí y Tazarte, aquellos que al grito de “Atis Tirma”, prefirieron saltar al vacío antes que someterse a los conquistadores al mando de Pedro de Vera. Con la historia del último episodio de la conquista, emprendimos nuestros pasos hacia la zona de Cueva Blanca y su homónima presa, recorriendo parte del sendero de la Ruta de la Sal que arranca desde el casco histórico de Santa Lucía. Seguimos por una pequeña cañada entre tabaibas, vinagreras, tajinastes blancos y algún que otro escobón. Por el camino, cruzamos junto a varios pozos. Alguno encontramos abierto, pudiendo deleitarnos con las maquinarias, ahora abandonadas, que extraían el agua de las entrañas de la tierra. Más adelante descubrimos unos viejos coches descapotados, que años atrás debieron ser el deleite de algún rico aguateniente, pero que ahora, eran nuestros juguetes. Nos introdujimos en uno de ellos capturando algunas divertidas instantáneas que servirían de colofón a esta maravillosa aventura, pues poco después, volveríamos a encontrarnos con los llanos de Guriete. Un viaje donde la arqueología, la geomorfología, las maravillas del paisaje y la etnografía se enlazan en una apasionante melodía.

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