#sigueelsendero

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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1sigueelsendero@gmail.com 

 

Nos atraía la idea de realizar nuestra primera incursión en los barrancos del sur, debatíamos sobre cual realizar, saliendo rápidamente el nombre del Barranco del Toro y sus Charcas Verdes. Años atrás, David lo había realizado con otra de sus actividades, el barranquismo, saltando de charca en charca y rapelando por sus caideros. Ahora, el enfoque iba a ser diferente, la disciplina otra y el objetivo bien distinto 

Barranco del Toro, en busca de las Charcas Verdes 

Aquella tarde de verano el Sol iniciaba su periplo hacia el Oeste lentamente, y nosotros aprovechamos para iniciar esta particular aventura que mucho tiempo después daría lugar a otra mucho más extensa que algún día te contaremos. Los primeros metros recorridos no hacían presagiar lo que vendría después. Caminábamos por un talud junto a la autopista del sur, a la altura de Las Burras. Unos perros sueltos corrían hacia nosotros ladrando y enseñando sus dientes, dándonos su particular bienvenida. Algún temor nos infligió aquella situación inesperada y sobrevenida, por lo que aceleramos el paso hasta abandonar los dominios de estos animales tan celosos de su territorio, salvando algunos charcos de aguas estancadas, en nuestro raudo avance. “Lima” nuestra hermosa pincher les había hecho frente con su particular viveza y anticipación, protegiéndonos de tan bravío recibimiento. 

Atravesamos un túnel bajo la autopista y la oscuridad de su interior se transformó luego en una luz centelleante. Cual metáfora, dejamos atrás la oscura civilización en favor de la brillante naturaleza. Ante nosotros se abrió un barranco de amplio cauce. Cardones, tabaibas y algún que otro balo dominaban todo el espacio, constituyendo el piso de vegetación principal de estos lares y a la vez de gran importancia a nivel medioambiental europeo. Más adelante, nos encontraríamos con una gran bifurcación, a la izquierda la radial más pequeña, el Barranco de los Canarios; y hacia la derecha, cada vez más cerrado y más místico, el Barranco del Toro. 

Nos fuimos por este último. A cada metro que avanzábamos entre aquellos paredones rocosos, que iban creciendo en altura, más y más se iba estrechando el cauce, conformando un auténtico barranco encajado. Sus vertientes configuradas por el fruto de numerosas lavas fonolíticas de hace mucho tiempo, junto con la persistente erosión, habían creado numerosas zonas lajeadas y diferentes oquedades en las paredes del barranco. Algunas tenían protegidas sus entradas con muros de piedras laboriosamente colocadas, quizás tuvieran un origen prehispánico. David decidió aventurarse en algunas de ellas trepando con presteza por las paredes con la intención de investigarlas con mayor detenimiento. 

 

Seguimos por el fondo de aquel precioso barranco, brincando entre rocas, sorteando hermosas cárcavas rebosantes de aguas cristalinas. Cientos de metros después, “Las Charcas Verdes”, nuestro principal objetivo, se mostrarían a los pies de un gran acantilado. Primero una, y luego otra de mayores dimensiones, acumulaban las aguas provenientes de la parte superior de este barranco. Por desgracia, las escarpadas paredes que envolvían las charcas nos impedirían continuar más allá. Iñaki, como medida compensatoria, optó por darse un refrescante baño en este idílico lugar de frías aguas, pronto sería acompañado por la inquieta y juguetona Lima.

 

Tras este pequeño paréntesis, iniciamos el retorno por el mismo camino, mirando de reojo aquel paredón que se nos presentaba como objetivo insalvable. Aunque, sin saberlo hasta mucho después, sería el germen de otras aventuras que surgirían, más y más arriba, en el origen de todas estas hermosas radiales de Amurga, el gran macizo. 

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