#sigueelsendero

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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Esta vez, habíamos hecho un estudio previo mucho más concienzudo, habíamos leído varios artículos, comparado fotografías y estudiado varios mapas, nuestro principal objetivo era El Bucio, un tubo volcánico corto, de apenas 30 metros de profundidad y con curiosas formas en sus paredes y techos. Pero había más, un campo de volcanes de las últimas erupciones volcánicas, haciendas abandonadas con un gran pasado agrícola y más, mucho más. 

Adentrándonos en un campo de Volcanes. Rosiana y el Bucio 

Era temprano y llovía, una fina capa que poco a poco iba calando en nuestras ropas. No estábamos muy lejos de la Montaña de los Barros, luego ascenderíamos cerca de ella por el camino de la piconera, pero antes debíamos buscar una oquedad, la apertura a un mundo subterráneo. El Bucio, uno de los últimos tubos volcánicos encontrados, que no por ello, más reciente en su formación. Su interior es espectacular, sus onduladas paredes te dan la bienvenida junto a su boca, luego, tras reptar por una pequeña gatera, aguardan cuidadosamente abrigadas, las estalactitas de lava, formación única en esta isla de Gran Canaria. Nos habíamos ataviado con cascos y frontales, que por un momento apagamos, sólo se oían nuestras respiraciones, mientras nuestros corazones, que se encontraban agitados por el esfuerzo, fue bajando palpitaciones. El ejercicio de relajación daba sus frutos, pero debíamos salir de la cavidad y seguir el sendero. 

Maravillados aún por las bellezas que oculta este pequeño, pero hermoso tubo volcánico, nos dispusimos a continuar la ruta, ascendimos suavemente, por una carretera de picón, que primero bordea la Montaña de los Barros y que luego, lleva hasta la Montaña de Santidad, donde la piconera que allí se encuentra, poco a poco, va desgranando su esencia, desmontando lo que miles de años atrás, el interior de la tierra, arrojó por una de sus bocas. 

Más adelante el camino sigue, y es a partir de aquí, donde comienzas a ver todo el potencial de este entorno. La vegetación que se mostraba, radiaba un verde intenso, las lluvias anteriores habían realizado un trabajo formidable. Las tabaibas y los retamales blancos, nos acompañaban a ambos lados de la carretera de picón. Subimos hasta un morro para disfrutar de las vistas, que ofrecía este lugar y fue una buena opción, pues mirando hacia el Oeste podíamos ver algún que otro refugio de pastores con un cierto parecido a los iglús, pero en piedra. Al Este se alzaba con elegancia el volcán de Rosiana, y al fondo, desdibujado entre cortinas de lluvia, se vislumbraba la península de Gando. Luego descendimos varios cientos de metros por la ladera, sin un sendero preestablecido que seguir, dirigiéndonos, una vez más, hacia la carretera de picón que vertebra todo el lugar. Pasamos por un barranquillo, donde la vegetación termófila que domina toda esta área, se hacía más espesa, más verde, fruto de la humedad que esta barranquillo acumula en su cauce. Los acebuches empezaban a a parecer diseminados por la ladera destacando sus esbeltas figuras sobre el resto de vegetación. Más adelante nos encontramos con las llamadas Casas del Mojo. Su valor etnográfico y la situación privilegiada en vistas, mirando al volcán de Rosiana, nos despertó un notable interés. Recorrimos sus estancias imaginando cuan dura sería la vida en aquel lugar, cuando los campos de cultivo que las envolvía estaban a pleno rendimiento. Luego descendimos por el lomo hasta llegar a una asfaltada carretera, que llevaba hasta un gran pozo en funcionamiento, custodiado por dos grandes perros, lo anómalo era que uno nos miraba desde dentro del recinto y el otro desde fuera; seguimos avanzando sin dejar de mirarlo en la distancia, mientras él ni se inmutaba, a sabiendas de su superioridad. Las horas pasaban y el sol del mediodía incomodaba nuestras cabezas, la monotonía del paisaje sólo se interrumpió al llegar a las hermosas casas de Rosiana y los llanos que las circundan. Una vez más, nuestra imaginación, como ocurriera en las casas del Mojo, nos trasportó a los mejores tiempos de aquella hacienda, con decenas de personas trabajando aquellos campos ahora abandonados. De vez en cuando, entre tanta llanura, asomaban unos picachos de lava. Me recordaban otros que había visto en el Guiniguada, aquellos se habían desprendido del cráter del volcán y flotando en el magma se habían depositado diseminados. Quizás ocurriera lo mismo con estos que ahora veíamos. Y pensando en ello, llegamos hasta nuestro vehículo, señal inequívoca de que esta aventura llegaba a su fin.

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