#sigueelsendero

 

 

Iñaki Cabrera y David Salazar 

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La soleada tarde nos recibía en las medianías del Norte, pretendíamos recorrer los dos lomos que flanquean el valle de Arucas: Riquianez y El Jurgón, o como antaño se llamaran, Lomo de Enrique Yanez y Lomo del Gorjón. Pero nuestra esmerada planificación iba a dar al traste en cuanto visitamos el primero de estos dos lomos. 

Riquianez. Senderos del tiempo 

En un lateral de los Picachos mirando hacia el Barranco del Pino comenzaríamos esta aventura. Una acequia antigua, ya sin uso, nos haría de sendero, recorría la ladera sorteando un hermoso pinar. A la derecha, divisábamos varias charcas diseminadas. Y al otro lado del barranco, serpenteaba la carretera que lleva hasta Teror con el continuo paso de vehículos. Guiados por la acequia, seguimos hasta un camino, a cuyos lados crecían con fuerza los brezos, que de forma natural se abrían paso en el territorio, y entre ellos, un manto de esponjosos líquenes cubría el suelo conformando un hermoso tapiz salpicado por multitud de hongos y setas que delataban la altas concentraciones de humedad en esta cara de la montaña. Más adelante una hermosa atalaya aguardaba y desde ella, divisamos toda la ciudad de Arucas, su elevada montaña, las extensas fincas de plataneras, la chimenea de la fábrica de ron, y sobre todo, su Iglesia, forrada y engalanada de la mejor piedra azul de la cantería del lugar. 

Superamos el cauce de un pequeño barranquillo, concluyendo el descenso, y ahora tocaba recuperar la pendiente por el otro lado. No te engaño, fue a partir de aquí donde empezaríamos a enamorarnos de este hermoso paraje. Primero, una enorme charca, donde el vuelo de una gran garza nos daba la bienvenida y, en cierto sentido, nos indicaba que todo lo que veríamos a continuación sería igualmente increíble. Nos asomamos a un terreno abandonado, cubierto de multitud de pequeñas florecillas amarillas. Extasiado, me tumbé sobre ellas para que David inmortalizara el momento. Se percibía la primavera por aquel lado con mucha fuerza. Un poco más adelante, encontraríamos una casa de piedra seca, sus dos habitaciones estaban construidas piedra sobre piedra, sin argamasa alguna que las uniera. 

¡Encantador sin duda era el lugar! Próximo a ellas, más restos etnográficos y elementos de nuestra querida historia del agua. 

Seguíamos, y a cada paso, más maravillas se mostraban, estanques de barro o masapeses, acequias de mampostería, canales de desagües, cantoneras de distribución, filtros y otros elementos que nos trasladaban a otra épocas del pasado más reciente. El Lomo de Riquianez se mostraba como un lugar verdaderamente único y te invitaba a investigar más, recorrerlo con mayor detenimiento y descubrir sus secretos. El Lomo Jurgón debía esperar a otra ocasión. 

Superamos el muro de una represa y llegamos a un grupo de casas de piedra amarillenta que albergaba un singular horno de pan. Más hacia el interior, una gran charca aprovechaba la impermeabilidad del suelo donde se embutían varios eucaliptos. A ella, llegaban las aguas recogidas por diferentes canalizaciones horadadas en la misma roca, creando pequeños ecosistemas cargados de vida y sacándole el máximo provecho a la orografía del terreno. Más arriba estaban los grandes hornos de tejas y ladrillo. Cuentan que hasta ocho hubo en la zona, dos de ellos, de grandes dimensiones, capaces de albergar miles de tejas, que surtían a la próspera vecindad. El suelo arcilloso, junto a los bosques de eucaliptos, serían factores determinantes para su ubicación en esta zona de barlovento. 

La tarde llegaba a su fin, en este lugar cargado de momentos del pasado. Las vistas de los masapeses y el lejano perfil de la ciudad de Arucas ponían el broche perfecto para concluir esta inesperada y hermosa visita. 

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