#sigueelsendero

 

Hubo una época, donde la industria maderera en las cumbres de Gran canaria fue una actividad muy importante, instalándose varios aserraderos cerca del Nublo. Las maderas de los pinos luego eran transportadas en bestias hasta Tejeda, y desde allí, se distribuían al resto de la isla. Todas, sin excepción, pasarían por el mismo camino… El Paso del Aserrador. Muchos balcones, puertas, ventanas y techumbres de las casas, se fabricarían con la madera de estos pinos centenarios, llegando a deforestar el centro de la isla. También, el incipiente Puerto de la Luz y sus barcos de vapor requerían de esta madera para afrontar sus viajes hacia América y por la costa de África. Afortunadamente la época de talas ha quedado atrás y las repoblaciones, que desde los años cincuenta se vienen realizando, han dado un giro al paisaje, devolviendo el verde pinar a sus dominios en las cumbres más altas de la isla. 

El Paso del Aserrador y la Cruz de las Huesitas. 

Nuestra aventura la planteamos una vez más para el disfrute de las tardes veraniegas donde el sol persiste en su retirada. Partíamos del Cruce del Aserrador subiendo escorado por una ladera bajo los impresionantes Riscos de Chirimique, lugar donde según las fuentes, abundaba la transhumancia para aprovechar los pastos cumbreros. Frente a nosotros, ya a una cierta altitud, se perdía una de las carreteras en dirección hacia el Juncal de Tejeda. Mientras tanto seguíamos ascendiendo, pero con un desnivel muy leve disfrutando de las vistas que desde la Hoya Vieja se nos mostraban. David nos iba ilustrando el camino con historias de indígenas, mientras los demás las escuchábamos con atención, y así el camino se hizo menos pesado, más llevadero y entretenido. 

Seguiríamos avanzando entre lomos, morros y solapones; siempre por senderos bien dibujados enmarcados en este hermoso Parque Rural del Nublo. Llegamos a la montaña de los Cañadones primero y de los Jarones después, donde nos detuvimos a observar el majestuoso paisaje que se nos ofrecía hacia el Oeste, a los lejos un esbozo de la Aldea, la Gran Cresta de Altavista, la Mesa de Acusa y la del Junquillo y toda la Cuenca del Bentayga, la gran depresión que despertaría en nosotros un gran interés y que tiempo después nos llevaría a escudriñarla en su totalidad. La tarde caía poco a poco, nos acercábamos a la Cruz de las Huesitas, dejando el morro de Pajonales y la montaña de Yerbarrisco más arriba, en las alturas, marcando los límites de la Zona de Protección Integral de Inagua, que en aquel momento era desconocida aún para nosotros, pero que meses después la visitaríamos en varias ocasiones. Estábamos en un cruce de caminos, a un lado la pista de tierra que conecta con la vecindad del Juncal de Tejeda y al otro, una pequeña vereda que entre pinos descendía hacia la Presa de Las Niñas. El camino discurría entre ennegrecidos pinos, que nos recordaban el fatídico incendio del año 2007 cuando ardió la mitad de la isla, dejándonos contradictorias sensaciones, por un lado la tristeza del incendio y la destrucción, y por otra la recuperación del pinar, cualidad excepcional del pino canario, con sus copas ya verdes y el sotobosque en crecimiento fruto de la recuperación. Y así, entre pinos llegamos a la presa de Las Niñas, una de las tres grandes, bajando por la Majada Alta, dejando al pie de la carretera un rebaño de cabras aglutinadas en un gran corral junto a la pequeña presa de la Data. La vegetación en el interior de la presa difiere un poco del resto del paisaje, los grandes humedales que se forman en su cauce y las tierras que quedan durante largo tiempo sumergidas forman su propio ecosistema. En las lomas que circundan la presa se erigen grandes pinos, destacando entre ellos el que llaman el Árbol de Casandra, fuente de numerosas historias y leyendas. Aquella tarde la presa no estaba a plena capacidad, ni mucho menos, pero debo decirte, que aún así, no pierde para nada su encanto. La ruta tocaba a su fin, y a lo lejos percibíamos a los grupos de personas reunidas en el área de recreo, mientras la tarde se despedía y un sin fin de estrellas nos hacía compañía.

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