#sigueelsendero

 

Recuerdo cuando aún tenía pocos años, adentrarme con mi padre en aquel lugar de Osorio. En algunas fincas veía como cultivaban la tierra y cuidaban del ganado, ovejas, cabras y vacas. Incluso, en alguna ocasión pude ver a los labradores realizar alguna trilla. También recuerdo que la montaña de Osorio en su cara vista desde aquella Casa de La Mayordomía apenas tenía vegetación, quizás un poco más arriba de la finca de la Zarza en el camino que te lleva al Pico había algún castaño, pero no muchos. Hoy, una treintena de años después por allí permanecen, grandes y esbeltos y el panorama ha cambiado completamente. También recuerdo vagamente de aquellos tiempos, la casa y sus jardines, en alguna ocasión también estuvimos al caer la noche, por donde el guarda. No sabía que por esos años el Cabildo, había adquirido una parte de todo aquello, bueno en aquel tiempo no sabía ni lo que era un Cabildo. 

Osorio siempre ha sido para mí, un lugar fascinante y mágico. Allí he aprendido a amar la naturaleza, el ambiente natural que nos rodea y empecé a forjar todas estas aventuras que después vendrían y que ahora te mostramos. 

-Iñaki Cabrera-

 

Osorio Visible, Osorio escondido. Circular a doble nivel. 

Aquella tarde de principios de Septiembre, habíamos iniciado el camino en Los Sequeros en Teror, el sendero ascendía cortando las curvas de aquella carretera que lleva a Valleseco, por el mismo camino que antiguamente usaban los vecinos para comunicar ambos municipios. Caminábamos entre alcornoques, olmos y eucaliptos hasta llegar a la Laguna, recorriendola en todo su perímetro. La Laguna de Valleseco es un punto de esparcimiento y recreo, pero más importante aún de educación ambiental, pues aparte de la hermosa charca con sus patos y demás aves que la pueblan, hermosos ejemplares de Laurisilva se cuidan mimosamente para recordarte lo que antaño fue la majestuosa selva de Doramas. 

Luego nos metimos en aquella acequia que llaman de Crespo, que recoge las aguas cumbreras para llevarlas hasta la mismas faldas del valle de Arucas. Y por ella continuamos a pie de acequia, atravesando una zona poblada de eucaliptos y helechos. Empezábamos a asomarnos a media altura de aquella montaña y poco a poco, ante nosotros se nos mostraba el hermoso pueblo de Teror. 

 

La acequia, y por tanto nuestro camino, cortaba de manera casi rectilínea la montaña, sólo pequeñas curvas rompían la monotonía, el camino se escoraba en dirección hacia el Pico. Las fayas comenzaban a hacer acto de presencia, y luego los brezos, ambos hacen una combinación perfecta captando la lluvia horizontal que nos dejan los alisios en esas alturas y que luego filtran a los acuíferos. 

La acequia nos llevó a la Degollada de Osorio y allí comenzaríamos el ascenso hacia el Pico de Osorio o Pico del Rayo, donde disfrutamos de las vistas del entorno, visualizando lugares que no sabíamos que meses después recorreríamos con detalle, y también estaba aquel vértice geodésico, donde paramos a sacarnos unas fotos y reponer fuerzas. 

Era hora de iniciar el descenso por la cara escondida, la menos visible, mirando siempre hacia Firgas. Fue rápido, casi a la carrera, embutidos por los helechos que casi nos superaban en altura, hasta llegar a la Hoya Alta u Hoya Bruma. Cogimos un pequeño sendero algo desdibujado que atravesaba una pequeña población de eucaliptos y por fin estábamos en uno de los lugares más hermosos de aquella finca de Osorio, las vistas desde la Degollada de las Brumas son espectaculares. 

Nos subimos, nuevamente, a la acequia de Crespo, pero no descendimos hacia Arucas, viajamos en sentido contrario hacia la Degollada de Osorio, y de ahí recorreríamos las fincas de la Fuentecilla, la de Troya y la del Cercado, para luego adentrarnos en aquel barranquillo del Laurel, donde perviven restos de aquella gran selva que siglos atrás relataban famosos escritores en sus novelas. Nos adentramos en sus profundidades sorteando laurales y algún gran roble; la tarde caía y en aquel lugar tan tapado por la vegetación, la oscuridad aceleró su entrada y llegamos hasta lo más profundo donde las rocas casi impactan unas sobre otras y el silencio reinaba y el final del camino o el principio del barranco no nos dejó continuar, por lo que volvimos hacia atrás. Sólo quedaba visitar los hermosos jardines y la Casa de la Mayordomía y más abajo los castaños, unos jóvenes y otros muy antiguos, unos con formas majestuosas y otros tétricas, acompañaron nuestros pasos hasta salir de la finca y el final de esta aventura, mágica, majestuosa, sublime y única. Con luz, pero también con oscuridad y sombra. Y es que en definitiva…Osorio se te muestra visible, pero también escondido. 

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