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Después de nuestro viaje por el paso del Aserrador recorriendo las vertientes descendentes que rodean el hermoso Roque Nublo, decidimos aproximarnos hacia las presas de mayor capacidad de nuestra isla. Objetivo, describir una circular entre las presas de Soria y Chira, atravesando el trasvase que las une, haciendo mayor hincapié en la primera y posponiendo para más adelante con la llegada de las lluvias, una circular que incluiría también la de las Niñas. Decirte que hasta la fecha sigue pendiente esta segunda opción, pues de momento no han llegado las ansiadas lluvias. 

La presa de Soria fue construida en la década de los años sesenta, es una inmensa obra de ingeniería hidráulica. Colosal en su concepción, increíblemente grandes son sus fortificaciones que delimitan su inmensa capacidad, su muro de hormigón se eleva 120 metros, uniendo ambos lados del barranco de Soria creando la mayor presa de Gran Canaria. 

Rincones de Soria. Atravesando el trasvase 

Todavía faltaba tiempo para el alba. Atravesábamos la base del extenso arco que constituye la presa y delimita el corte del estrecho cañón de aquel barranco de Arguineguín, allí llamado de Soria, acorralado por sus abruptos riscos. Destacaba en el muro de la presa las pequeñas escalinatas ancladas en unos de sus lados que se perdían en las profundidades. Seguidamente iniciamos el ascenso enfilando el morro de los Azulejos hacia unos llanos donde tras investigar un poco, descubrimos una pequeña ventana natural, desde donde pudimos contemplar el amanecer en todo aquel relieve. Más adelante, nos topamos con un risquete saliente que daba una buena imagen de toda la continuación del aquel barranco, incluso allí, hermosos pinos iniciaban su camino hacia las alturas, anclados entre las duras rocas. Tras pasar por los Llanos del Juntadero en leve descenso, encontramos el acceso al trasvase. Tiene prácticamente un kilómetro de distancia a modo de galería, pero más grande, con mayor ventilación. Su función es conducir las aguas del reboso de la presa de Chira, hacia la de Soria, y por allí nos metimos. Fueron momentos emocionantes, nunca antes habíamos estado bajo el corazón de la montaña, una veintena de minutos sintiendo el silencio y la frescura del interior y ya estábamos al otro lado, el barranco de Chira aguardaba. 

 

Tocaba iniciar el ascenso entre grandes rocas y paredones erosionados, llamaban mucho la atención aquellas oquedades que se nos mostraban, e incluso en algunas nos metimos. Unos cientos de metros más arriba nos aguardaba la otra gran presa, la de Chira. 

En aquella época estaba casi llena, le faltaría una quincena de metros de altura para su plena capacidad y por su arco avanzamos, igual que en la anterior, si bien ahora no ascenderíamos, estábamos en una cota superior. Tras llanear durante varios kilómetros entre senderos y pistas de tierra, iniciamos el descenso por la Umbría, el Visillo y la Cuesta del Candado. Aquella sería la parte más dura del recorrido, no me cabe duda. La maleza había invadido el sendero, los desprendimientos y la propia inclinación del terreno nos impedían el avance. Pero, aun así, conseguimos seguir adelante. En ocasiones, en este desdibujado camino, afloraban pequeños tramos del antiguo sendero, hileras de piedras aparecían y nos daban a entender, que antaño debió ser un camino muy concurrido, su anchura nos indicaba que el lugar podía haber sido incluso, recorrido por las bestias que transportaban las cosechas que luego, eran llevadas para su venta o trueque, las historias de este viejo y olvidado camino revoloteaban en nuestra imaginación. 

Ya nos habíamos adentrado en el cauce del barranco, el sol en todo lo alto golpeaba con dureza y nos indicaba que ya habíamos sobrepasado el mediodía, sorteamos varias zonas de cañizos y algunas palmeras diseminadas. Iniciamos el ascenso por la otra cara por una pequeña vereda. A mitad del recorrido se embutía junto a una casa en aparente estado de abandono, pero para nuestra sorpresa, estaba ocupada por un desvestido que, cual apoderado, nos hizo saber que estábamos en sus tierras y que el camino discurría por el fondo de aquel barranco. No obstante, se apiadó de nosotros, y nos dejó continuar por el trazado que habíamos previsto. 

Tras varios cientos de metros de subida continua, conectamos con una pista de tierra que seguiríamos sin pérdida hasta el punto de inicio, no sin antes detenernos a admirar el gran caidero que trae sus aguas desde la Presa de Majada Alta, y que en épocas de abundantes lluvias crea una de las cascadas más bonitas de esta isla. Pero muy a nuestro pesar, en esta época estaba completamente seca, excusa perfecta para en un futuro volver. 

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