RELACIONES AMBIGUAS

September 30, 2016

Entrevistador, redactor y coach.

 

 

 

En estos últimos años con la llegada en masa de las redes sociales ha habido una absoluta pérdida del significado en el ritual del cortejo, el arte de ligar cara a cara. En años pasado contábamos con unas pautas para cada etapa. Un ejemplo, invitar a alguien a tomar un café o un refrigerio equivalía a decir: “Hola, me gustas y te quiero conocer mejor. El café o el refrigerio es un pretexto para que podamos sentarnos en una mesa y tengamos una conversación durante unas horas”. Hoy las invitaciones a tomar algo son raras, salvo que seas menor de quince años, una dependienta, secretaria, etc que quiere quedar bien con una amiga o que pertenezcas a un grupo de amigas ávidas de contarse los últimos chismes. 

En pleno 2016, la mayoría de las citas ocurren en algún tipo de bar, discoteca o club. El alcohol es lo mejor que le pudo pasar al arte de ligar o cortejar. No solo enmascara el nerviosismo e incomodidad que caracterizan a una primera cita, sino que facilita la conversación, sobre todo, la honestidad. Si la velada sale bien, ir a beber algo puede abrir nuevas y emocionantes posibilidades para concluir la noche. Pero en estos últimos años he encontrado que estos parámetros también han cambiado. 

Hace años, invitar a alguien a tu casa después de una noche de copas tenía una sola connotación: “Si no estás cansada y tienes ganas, ¿te gustaría ir a mi piso a tener sexo? Si la noche sale bien, te quedas a dormir y por la mañana vamos a desayunar, ¿aceptas?”. La persona que aceptaba la cita no estaba obligada a acceder, pero al menos entendía y se dejaba claro las intenciones de su anfitrión. Hoy, en día, decir “tomamos la siguiente en mi piso” denota un estricto sentido literal: continuar bebiendo en un piso. Incluso es una práctica común quedarse a dormir sin que ello involucre sexo. ¿Y qué decir de las señales que eran percibidas universalmente como gestos de atracción o, mínimo, de aceptación? El darse la mano, caminar del brazo y hasta un beso en la boca indicaban una cierta trayectoria. Eran indicios claro de que la velada iba bien. Hoy no valen absolutamente nada. Es más, ni el maldito emoticón que manda besos en forma de corazón significa algo. Al parecer, entre “amigos” ya es una convención. Y qué bueno, solo que las relaciones se han vuelto mucho más confusas de lo que ya eran. En estos tiempos, hasta un “me gustas” genera ansiedad, porque es una declaración que obliga a un individuo a comportarse de cierta forma. Si tenemos la mínima calidad moral, el hecho de gustarle a otra persona nos exige a respetar sus sentimientos. Mientras que si la relación se mantiene ambigua, sin etiquetas, ni confesiones, se minimiza la probabilidad de lastimar o salir lastimado. A veces me pregunto qué tiene lo diferente que tanto fascina a la generación actual. No obstante, en sus relaciones hacen exactamente lo opuesto: ignoran los códigos preestablecidos. Si en el pasado han encontrado algunas de sus más grandes pasiones, ¿por qué no recuperar también el valor de la certidumbre? En el fondo todos aspiramos a obtener una cierta estabilidad, pero jamás la encontraremos en el aire. Mucho me gusta en las redes sociales pero en persona no somos capaces de expresarlo ni con hechos ni con gestos.¿Y qué decir de las señales que eran percibidas universalmente como gestos de atracción o, mínimo, de aceptación? El darse la mano, caminar del brazo y hasta un beso en la boca indicaban una cierta trayectoria. Eran indicios claro de que la velada iba bien. Hoy no valen absolutamente nada. Es más, ni el maldito emoticón que manda besos en forma de corazón significa algo. Al parecer, entre “amigos” ya es una convención. Y qué bueno, solo que las relaciones se han vuelto mucho más confusas de lo que ya eran. En estos tiempos, hasta un “me gustas” genera ansiedad, porque es una declaración que obliga a un individuo a comportarse de cierta forma. Si tenemos la mínima calidad moral, el hecho de gustarle a otra persona nos exige a respetar sus sentimientos. Mientras que si la relación se mantiene ambigua, sin etiquetas, ni confesiones, se minimiza la probabilidad de lastimar o salir lastimado. A veces me pregunto qué tiene lo diferente que tanto fascina a la generación actual. No obstante, en sus relaciones hacen exactamente lo opuesto: ignoran los códigos preestablecidos. Si en el pasado han encontrado algunas de sus más grandes pasiones, ¿por qué no recuperar también el valor de la certidumbre? En el fondo todos aspiramos a obtener una cierta estabilidad, pero jamás la encontraremos en el aire. Mucho me gusta en las redes sociales pero en persona no somos capaces de expresarlo ni con hechos ni con gestos.

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